Acoso textual

 



Me habla…
y no sé si me está explicando filosofía
o si ya empezó a desnudarme con metáforas.

Sus labios pronuncian ideas
que se cuelan entre mis piernas
sin moverse de su boca.

Sus ojos—
tan leídos, tan lejanos—
me recorren como si supieran
dónde se ocultan las preguntas que no he dicho.

Y yo,
yo me dejo leer.

Me abro como un libro antiguo,
como esos que huelen a polvo y deseo.
Como esos que se entienden mejor
con las manos.

Sus dedos—
dedos que han acariciado páginas,
que han subrayado teorías—
se acercan a mi piel
como si quisieran comprenderla,
decodificarla,
resumirme en un suspiro.

Me eriza la gramática con la que me observa.
La sintaxis de su mirada me desordena.
Y cuando me dice que algo es bello,
no sé si habla de arte…
o de mí.

No necesito que me toque,
ya lo hizo
cuando citó a Rilke
y me vio como si ya supiera
que mi cuerpo es un poema
a medio escribir.

Silvia Peña

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